sábado, 7 de marzo de 2015


                                                                
  Actitud. 

Sin referirme a la definición exacta de la palabra, puedo decir que es la manera en que una persona responde ante las circunstancias que se le presentan en la vida. Es por lo que se escucha mucho decir que nuestra postura ante la vida depende más de la forma en que enfrentamos las cosas (actitud) que de los sucesos que nos ocurran, sean cuales fueran.
Una teoria, para mi manera de ver, positiva, puesto que postula que uno es el que elije, o estar mal o estar bien, pase lo que pase. Y que las cosas, en sí mismas, no tienen poder sobre nosotros, si previamente nosotros no se lo otorgamos. Y que cuando sufrimos hemos entregado las “riendas” de nuestra emoción a eso, o aquel que no nos permite conciliar el sueño.
Digamos que esta visión nos responsabiliza enteramente de nuestros diferentes estados de ánimo. Y se dice, nadie puede perturbarme si yo no lo permito.
No podemos negar que esto es cierto,  pero en parte.
Veamos:
Elijo, por ejemplo, que me arruine el día el mal trato del colectivero cuando viajo al iniciar mi jornada, o el aumento de un impuesto, o la rotura del aire acondicionado cuando hacen 38 grados, o la llegada imprevista de visitas cuando pensaba dormir una siesta. Podría seguir acumulando ejemplos de una intensidad similar y agregar que apenas con un poco, o con un mínimo de voluntad, remontaría a mi beneficio estas diferentes y aparentes circunstancias negativas.
Pero si jugáramos a pensarnos enfrentando imprevistos de un tono más elevado, esta visión comienza a caer en una zona más teórica que práctica y con pocas posibilidades de convertirse en real en los hechos.
Ejemplo:
Presto dinero a un amigo, y como efecto recibo la sorpresa de perder el dinero y al que creía que era un amigo, todo en un mismo combo. Salgo de garante a un pariente para que por fin pueda casarse y vivir solo con su esposa, recibo carta documento en la que me informan que debo cancelar su deuda o me rematan la casa. Me enamoro, me abandonan. Me hago analis de rutina y me aparece una enfermedad crónica a la que deberé enfrentar el resto de mi vida.
Elevando de esta manera la intensidad de los hechos, es difícil poder aceptar que es uno el que elije estar bien o mal ante los aconteceres de la vida, y que solo soy yo el que permito que me afecten.
En estos ejemplos remontar lo sucedido depende enteramente de una gran calidad y cantidad de voluntad. Y así y todo, cuando “remonto” una circunstancia o como se dice, la “remamos”, partimos de la aceptación y reconocimiento interior de que no todo depende de nosotros. Las cosas nos afectan, nos duelen, sufrimos, porque estamos vivos, porque somos Humanos, y no nacimos máquinas.
Pienso en la cara del Payaso, que oculta detrás de su sonrisa pintada, su verdadero rostro que es la expresión variable de su emotividad. La sonrisa amplia es su postura. La actitud que el sueña tener ante cualquier golpe de la vida, pero convengamos que es falsa. Es solo una máscara que lo oculta y que por ello demuestra que no podemos elegir cómo sentirnos. Y sentimos porque somos seres sensibles, gracias a Dios.
Tomar contacto con las emociones que nos genera el hecho de estar vivo, pero un contacto directo, diría, en carne viva, primero impedirá que tengamos respuestas reflejas y condicionadas, las habituales respuestas del Payaso. Y lo más importante será que iremos ubicando nuestro ser y nuestra persona, de apoco, día a día, más cerca de aquella gente que nos hacen bien.

                     
                       Pablo Hernán Cigliutti
                       Psicólogo Social
             

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