LA TERCERA ENERGÍA
Se dice en el ambiente del maratón que los primeros 30 km se
corren con el cuerpo, los siguientes 10 km con la mente y los últimos 2 km con
el corazón.
Refiriéndonos al tiempo algo parecido debería pasarnos en la
vida para que todo suceda así, como el universo necesita que suceda.
Seria bueno aclarar que no todos los que corren lo hacen centrados
en el cuerpo (primera conexión) durante el inicio de la carrera hasta llegar a promediarla,
en donde recién allí y no antes es necesario conectarse con la mente (segunda
conexión), para sostener el esfuerzo y continuar en el camino. Y hacia el final
se debería abrir la tercera conexión, que consiste en establecer contacto con
una energía poco conocida, inagotable, que no emana del cuerpo biológico, sino
que a través del corazón nos llega del universo.
Y por qué en este momento y no antes, porque recién allí, a
esas “alturas” del sostenimiento del esfuerzo, es en donde el receptor de la
energía espiritual (corazón), está siendo purificado de las emociones
negativas que impiden la entrada de esta sutil y poderosa fuerza (Amor).
Podemos calcular científicamente que cantidad y calidad de calorías se necesitan para que un cuerpo de determinado peso corra un maratón
en 2hs 20m, dado que esa energía pertenece al cuerpo biológico, pero la energía
realizadora de las proezas o de las
acciones milagrosas arriba al corazón cuando este ha sido sanado.
Esta es la energía Espiritual, que no es el subproducto, o la
degradación de lo que consumimos como alimento en el sistema digestivo. La
fuerza espiritual no nace o se genera “en nosotros”, si no que “viene a
nosotros” como un “alimento” que nos otorga el universo si estamos en
condiciones para recibirlo.
Preparamos nuestro corazón, así como se acondiciona una pista
para el aterrizaje de una aeronave. Si la pista está deteriorada, débil o
sucia, el avión deberá acelerar sus motores y desistirá del intento, alejándose de la pista.
Lo mismo ocurre con la
fuerza que el universo tiene reservada
para nosotros, pero para otorgárnosla nos exige un corazón sano, limpio de emociones
bajas, sin rencor, sin ira, sin envidia, abierto a recibir esa bendita energía
que obrará el milagro.
Si no intentamos esa purificación ocurrirá lo mismo que
ocurre con el avión, la fuerza espiritual desistirá del intento de penetrar en
nosotros, y entonces no podremos disfrutar del esfuerzo dado que lo viviremos
como un castigo. No podremos ver todo lo bueno que tenemos dado que nos
centraremos en nuestras faltas. Pero si en cambio la pista está limpia y
recibimos la bendición de esa energía, no existirá obstáculo que nos pueda
parar, cada piedra en el camino será transformada en una posibilidad de
aprendizaje, enseñanza, cambio y crecimiento.
Y es ahí, en los últimos tramos del maratón de la vida, en
donde aparece en escena el órgano que atesora el amor, para recibir los frutos
de todo lo que sembramos en el transcurso de la carrera, que no es más que la vida misma.
Todo acto de sanación ya sea física o mental depende de la
apertura hacia esa energía.
Pero lo común es que no se respeten estos tiempos: cuerpo,
mente, espíritu. Dado que no es habitual que el hombre pueda sostener un
esfuerzo el tiempo necesario para que cada puerta, una a una, se vaya abriendo
a su tiempo, para obtener los tres
grados de energía necesarias para
arribar a la meta.
Cuando debemos ponernos con el cuerpo, nos manejamos con el
pensamiento. Cuando necesitamos reflexionar, nos precipitamos a la acción, siempre
movilizados por emociones que se desprenden de un corazón desconectado del
origen.
No olvidemos guardar limpio nuestro corazón para los tramos
finales.
Pablo Cigliutti