martes, 18 de noviembre de 2014

TOMAR CONTACTO



“Quien camina descalzo recibe un flujo continuo de información sobre el suelo y sobre su propia relación con la superficie, mientras que un pie enfundado en una zapatilla duerme dentro de un medioambiente invariable”
                                      
                                                                                 Del libro Nacidos para correr

De chico vivía mis veranos prácticamente descalzo. Por el jardín de casa, por las veredas del barrio, que en aquellas épocas eran todas de pasto o tierra. Y si me mandaban a hacer una compra a la zona comercial también me largaba así, como venia, en patas, soportando con mis pies desnudos, las fuertes temperaturas que levantaba el sol en el asfalto. Y así aprendí a sentir la tierra. Mi madre, la madre de todos, la Madre tierra.
Y si, de que otra forma podemos aprehendernos de las cosas sino es sintiéndolas, estableciendo un contacto directo, sin intermediarios, con ellas. De niño aprendí a sentir lo que el suelo me trasmitía atreves de mis pies descalzos, casi como si fueran manos.
El césped húmedo después de una lluvia de verano. La sensación de “chapotear” en los charcos. El barro flojo  introduciéndose entre mis dedos. La arena caliente, la arena húmeda. El  dolor que se sentía al caminar sobre el pedregullo. La frescura del agua sobre las baldosas recién lavadas del patio. El yuyo seco, el pasto con sus pequeñas pero molestas espinas. La suavidad del trébol bajo la sombra del Paraíso. Correr por el asfalto caliente hasta quemarme vivo.
La verdad es que a medida que voy relatando voy también sintiéndolo, como si tocara ahora cada una de esas cosas recibiendo sus particulares sensaciones. Huellas por las que puedo volver para saber cómo se siente un trebolar sin tener la necesidad de pisarlo.
Y a esto lo llamo “Empatía”, que es la capacidad de poder “sentir algo”  sin tener la certeza de haberlo vivido, quizás sea por un gran olvido. Pero es por ello  que puedo sentir en mi, la alegría de un amigo al recibir un regalo, o su dolor, ante una perdida.
La sociedad esta cada día más “encapsulada”,  y por ello insensibilizada, como está el pie dentro de una zapatilla. No toma contacto directo con la realidad, la férula de sus costumbres mecánicas le impide recibir el dato para el reajuste, la toma de conciencia. Así, como cuando el pie descalzo se arquea de inmediato, ante la información que recibe del asfalto caliente.
La sociedad no “siente”, y cuando genera cambios son artificiales, diseñados por corporaciones detrás de escritorios, en los que la prioridad no es el sentir, para luego responder conforme a ello, sino más bien debilitar la voluntad individual para manipular al Hombre.
Hay cientos de miles de formas diferentes de encapsularla y cada día surgen nuevas maneras que nos aíslan.
Todavía sigo subiendo a los arboles.
Y ahora también lo hago descalzo, pero junto mi hija Miranda. Ambos vamos descubriendo la textura de las ramas y sabemos por ello si resistirán nuestro peso. Y a medida que vamos interpretando al árbol empáticamente, el nos informa cómo y por donde llegar a su cima.
Démonos la posibilidad de sentir, de tomar contacto, no nos encerremos dentro de domos, no contratemos guías para que nos muestren nuestras montañas, no contratemos tours para viajar protegidos, salgamos a la calle a sentir nuestra propia y única vida.
Ahí está la respuesta.
                                                                                                
Pablo Hernan Cigliutti


“Poner los pies en una zapatilla es parecido a ponerlos dentro de una férula de yeso, si colocamos tu pierna dentro de una férula de yeso, en seis semanas tendremos una atrofia muscular del 40 al 60 por ciento. Algo similar les ocurre a los pies cuando los encerramos dentro de unas zapatillas. Cuando las zapatillas hacen su trabajo, los tendones se endurecen y los músculos se debilitan. Los pies están siempre listos para la batalla y crecen bajo presión, déjalos holgazanear y se derrumbaran, ejercítalos y se  elevaran como un arco iris”

                                                                           Del libro Nacidos para Correr.